🔵 Las limitaciones en infraestructura y recursos dificultan la detección temprana y el tratamiento oportuno, incrementando la presión sobre los hospitales y exponiendo a miles de familias a complicaciones que podrían evitarse.
En nuestra región, la capacidad del sistema de salud vuelve a ser tema de evaluación debido a su impacto en la atención de la población. Según el Ministerio de Salud (Minsa), el 97% de los establecimientos del primer nivel no cuenta con una capacidad instalada adecuada. Esto se traduce en que muchos puestos y centros de salud operan con infraestructura antigua, equipamiento limitado y poco personal.
Y esto es especialmente grave porque el primer nivel es la puerta de entrada al sistema de salud: ahí se atienden los malestares más comunes, se hace prevención, se detectan enfermedades a tiempo y se resuelven los problemas que no deberían llegar a los hospitales. En pocas palabras, son los establecimientos que ayudan a que la población se mantenga sana y se pueda evitar complicaciones.
“La limitada capacidad del primer nivel de atención en Arequipa, además de afectar la salud, también golpea la economía. Si el 97% de estos establecimientos no funciona adecuadamente, más personas no pueden atender a tiempo, lo que implica un riesgo para su salud y también para su estabilidad económica.
Fortalecer el primer nivel no es solo una mejora sanitaria: es esencial para que la región pueda continuar creciendo”, explicó Giacomo Puccio, economista de la Red de Estudios para el Desarrollo (REDES).
Además, cuando un arequipeño no puede acceder a una atención oportuna, la enfermedad puede avanzar y volverse más difícil de tratar. Esto obliga a la familia a asumir gastos adicionales en medicinas, consultas o traslados, mientras convive con la preocupación constante por el estado de salud de su ser querido.
Todo ello limita su capacidad de ahorro y aumenta su vulnerabilidad económica en momentos en que más apoyo necesitan.
A esto se suma la presión que recae sobre quienes asumen el rol de cuidadores. Cuando una persona no recibe atención adecuada, el cuidado en casa se vuelve más demandante: hay que estar pendiente de síntomas, medicación y controles, lo que implica menos descanso y menos tiempo para otras responsabilidades. Este desgaste, tanto físico como emocional, suele pasar desapercibido, pero en la práctica profundiza desigualdades y afecta el bienestar de las familias en muchas regiones del país.
“La situación que atraviesa la región termina formando un círculo difícil de romper.
Cuando las familias no logran acceder a atención oportuna, no solo cargan con la preocupación y el desgaste que genera una enfermedad que podría haberse tratado antes, sino también con mayores gastos y menos tiempo disponible para trabajar o estudiar. Esta combinación debilita sus ingresos y reduce su capacidad de cubrir otras necesidades básicas, afectando su bienestar integral, con hogares menos resilientes, menor dinamismo laboral y una región que avanza más lentamente de lo que podría si contara con un sistema de salud capaz de responder a tiempo”, finalizó Puccio.















