Docente de Ingeniería Ambiental de la San Pablo advierte sobre las fallas estructurales en la gestión del riesgo urbano
Cuatro personas fallecidas, más de dos mil viviendas afectadas y torrenteras activadas con violencia son algunas de las consecuencias de las fuertes lluvias que han caído en Arequipa en los últimos días. Mientras se evalúa declarar en emergencia a la ciudad, el debate ya no es solo climático, sino estructural: ¿estaba Arequipa preparada?
La M. Sc. Joshelyn Paredes Zavala, docente de la carrera de Ingeniería Ambiental de la Universidad Católica San Pablo (UCSP), ingeniera biotecnóloga y máster en Environmental Management por la University of New South Wales (Australia), sostiene que lo ocurrido no fue un evento inesperado, sino la consecuencia de vulnerabilidades acumuladas.
Clima: más energía atmosférica, mayor intensidad
La especialista explicó que febrero forma parte del período húmedo en la región andina, por lo que las precipitaciones no están fuera del patrón estacional. Sin embargo, sí se ha registrado una mayor intensidad y concentración en pocas horas, acompañadas de tormentas eléctricas y granizo.
«Estamos frente a lluvias más cortas, pero más violentas. Esto es coherente con los escenarios regionales de cambio climático, donde hay mayor energía atmosférica disponible y, por tanto, tormentas más severas», afirmó.
Precisó que el cambio climático no modifica el calendario de lluvias, pero sí amplifica sus efectos. «No es que la lluvia sea nueva. Lo que cambia es su severidad y la magnitud del impacto cuando la ciudad no está adaptada», agregó.
Gestión del riesgo: una vulnerabilidad que se acumula
Para Paredes Zavala, el fenómeno climático no explica por sí solo la magnitud de los daños. Desde el enfoque de la gestión del riesgo de desastres, lo ocurrido responde a la combinación de tres factores: una amenaza natural conocida, una alta exposición urbana y una vulnerabilidad que no se corrige año tras año.
«Este fue un evento intenso, pero previsible. Las alertas existen. El problema es la brecha entre la información técnica y la acción preventiva que deben asumir, sobre todo, las autoridades», sostuvo.
Recordó que Arequipa está atravesada por torrenteras naturales que cumplen funciones hidráulicas temporales; no se trata de terrenos vacíos. La ocupación y urbanización sin planificación reducen su capacidad de drenaje y aceleran el flujo del agua.
«El agua, ante una lluvia fuerte, recupera su territorio histórico. Eso se sabe. Cuando invadimos esos espacios, convertimos una escorrentía natural en un huaico urbano», explicó.
Asimismo, advirtió que la infraestructura urbana presenta deficiencias: drenajes subdimensionados o con falta de mantenimiento, así como menor cobertura vegetal que ayude a absorber la escorrentía.
«La lluvia no es el problema en sí misma. El problema es la vulnerabilidad acumulada y un diseño urbano que no dialoga con el clima real de la ciudad», enfatizó.
Acerca de los decesos registrados durante la emergencia, indicó que «cada muerte representa una falla en la cadena de protección. No son hechos aislados; evidencian exposición en zonas de riesgo y debilidades en la cultura de autoprotección frente a tormentas severas».
Acciones y recomendaciones: anticiparse para no repetir la tragedia
La especialista reconoció la reacción inmediata de municipalidades, bomberos e Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci), entre otras instituciones; sin embargo, advirtió que la gestión del riesgo no puede limitarse a la respuesta posterior.
«La gestión debe ser reactiva, pero también correctiva y prospectiva. Si solo actuamos después del desastre, el ciclo se repetirá y la factura será cada vez más alta», afirmó.
Entre las recomendaciones para la población, destacó respetar las alertas meteorológicas, evitar cruzar torrenteras activadas, no exponerse durante tormentas eléctricas y fortalecer la cultura de autoprotección ante eventos extremos.
En cuanto a las autoridades, subrayó la necesidad de respetar y recuperar las torrenteras como sistemas naturales de drenaje; mejorar y mantener la infraestructura pluvial; integrar criterios de cambio climático en la planificación urbana; reducir la ocupación de zonas de alto riesgo e, incluso, reubicar a la población asentada en dichas zonas.
«El cambio climático seguirá amplificando estos eventos. Si no adaptamos la ciudad y cerramos la brecha entre la evidencia técnica y la toma de decisiones, Arequipa seguirá pagando la factura de la prevención ausente», concluyó.


















