Por: Patricia Jeannette Carpio Romero, docente del Departamento de Humanidades, Universidad Católica San Pablo.
Este 15 de abril, en el Día del Poeta Peruano, recordamos a César Vallejo, a 88 años de su partida. Más que una conmemoración, es una invitación a volver a su obra, a ese lenguaje que no evade el dolor, sino que lo nombra y lo comparte hasta hacerlo universal.
Hablar de Vallejo es hablar de una de las voces más hondas de la literatura. Nacido en Santiago de Chuco, en 1892, su vida estuvo atravesada por la pobreza, la injusticia y la incomprensión. Fue maestro, periodista y narrador, pero, sobre todo, un hombre profundamente comprometido con su tiempo. La prisión injusta en el Perú y el exilio en Europa marcaron su existencia, que culminó en París, en 1938, lejos de su tierra, pero íntimamente ligado a ella a través de su poesía.
Vallejo no escribió para embellecer la realidad, sino para decirla. En Los heraldos negros, ese grito inicial —«Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!»— no solo expresa dolor, sino desconcierto ante lo inexplicable. Es la conciencia de una herida que no tiene nombre, pero que todos, en algún momento, reconocemos.
Su obra, sin embargo, no se limita a la poesía. Vallejo también incursionó con fuerza en la narrativa, con novelas como El tungsteno, una denuncia de la explotación y la injusticia social, y relatos como Paco Yunque, donde retrata con crudeza la desigualdad desde la mirada de un niño.
Su poesía también anticipa y conmueve. En Piedra negra sobre una piedra blanca, escribe: «Me moriré en París con aguacero…». No es solo una premonición, sino la intensidad de quien vive sintiendo cada instante con radical humanidad.
Pero Vallejo no se queda en el sufrimiento. En Masa, la solidaridad vence a la muerte: la unión de los hombres logra lo imposible. Allí habita su esperanza: en el otro, en la comunidad, en la fuerza colectiva. Esa misma mirada se vuelve denuncia en La cena miserable, donde el hambre y la espera simbolizan una injusticia que persiste: «¿Hasta cuándo estaremos esperando lo que no se nos debe…?». Vallejo nos interpela, nos incomoda, nos exige no ser indiferentes.
Y, sin embargo, también hay ternura. En A mi hermano Miguel, el amor familiar se vuelve memoria viva, ausencia que duele y permanece.
Desde Arequipa, ciudad de cultura, pensamiento y sensibilidad, este aniversario nos convoca a no olvidar. Leer a Vallejo no es un acto académico: es un gesto humano. Es permitir que su palabra nos atraviese, que nos recuerde que el dolor ajeno también nos pertenece.
Hoy, cuando el mundo parece habituarse al sufrimiento, su voz sigue siendo urgente. Como escribió en Los nueve monstruos: «Hay, hermanos, muchísimo que hacer». Y acaso esa sea su mayor herencia: recordarnos que la poesía no solo se lee, también nos compromete.
*Texto extraído del discurso brindado en la ceremonia cívico-patriótica por el 88.º aniversario de la muerte del vate universal César Vallejo Mendoza.


















